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Arte y Cultura

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“A la aurora, armados de una ardiente paciencia,
entraremos a las espléndidas ciudades”.

lunes, 18 de junio de 2007

CONCEPCIÓN COMO MITO-ENSAYO-TOMÁS HARRIS

Comisión Bicentenario

Revisitando Chile: identidades, mitos e historias

Concepción, 16 de enero de 2003

CONCEPCIÓN COMO MITO

Tomás Harris

Consideraremos la noción de “mito” como una serie de relatos de tipo cosmogónico y cosmológicos, de carácter fundacional e identitario, analógicos y ahistóricos, de carácter considerablemente coercitivo y cuyo estatus se asienta en su longevidad, es decir, su impronta arquetípica y arcaica, lo que los sitúa como constantes en una serie de repeticiones de carácter de presuntas respuestas necesarias a necesidades afectivas, que, no obstante, obedecen a una comunidad codificada socialmente más que al individuo aislado. En suma: el lado onírico de la Historia, su fetalidad y su fatalidad, sus Edipos y sus Antígonas, sus Teseos y sus Ulises; pero, también, sus Quetzaltcoatl y sus Chaac Mol, sus imbunches y sus Pincoyas.

Así planteados estos acuerdos preliminares, casi todos consensuados tanto en la situación como en la función del mito en términos generales, ¿cómo pensar una ciudad contemporánea, como Concepción del 2003, año en el que nos situamos, como un mito, más bien, como una serie de mitemas que constituyan una suerte de capas geológicas que vayan dando identidad mítica a la ciudad, junto a su identidad histórica y social? Es decir ¿dónde ubicar la noción de mito, que carga con el peso sancionador de lo arcaico, o si se quiere de una sedimentación narrativa de una larga data, para aplicarla a una ciudad que apenas cumple quinientos años dentro de un continente, América, que, también apenas alcanza esta edad?

Propongo como tentativa de acercamiento a una ciudad contemporánea americana, Concepción de Chile en este caso, como mito, siguiendo a Roger Caillois en su ensayo “Paris, mito moderno”, agregando este inexacto y evasivo adjetivo, para mirar a la ciudad de Concepción como mito moderno, dado que me parece aún algo aventurado redefinir esta modernidad y pensar Concepción como mito posmoderno, aunque tal vez los rasgos a los que nos acerquemos correspondan más a esta segunda concepción de la Historia, en tanto a un Estado agónico, que la dicha aún utópica que presupone la modernidad, en esta perspectiva más de tres veces recusada.

Uno e los epígrafes que abre el texto de Caillois es de Balzac: “Los mitos modernos se comprenden aún menos que los mitos antiguos, aunque estamos devorados de mitos.” No me cabe duda que compartimos la angustia que manifiesta Balzac en el siglo XIX, ahora, en el siglo XXI, y tal vez con más ahínco; pero de esta constatación me interesa un aspecto: ya en el siglo XIX un escritor de ficción, de novelas, como Balzac, aceptaba la existencia de “mitos modernos”, aunque sean ininteligibles y profusos, tal y menos como lo son actualmente.

Caillois comienza su ensayo con una afirmación tópica, pero necesaria: “Uno de los aspectos más desconcertantes de los mitos, ciertamente, es esta: se ha comprobado que en numerosas civilizaciones, os mitos han respondido a necesidades humanas suficientemente esenciales para que sea irrisorio suponer que han desaparecido. Pero, en la sociedad moderna, difícilmente se ve con qué se satisfacen esas necesidades y cómo se garantiza la función del mito.

La pregunta que se hace Caillois, fundamentalmente, es de qué manera leer París como la ciudad que funda el mito urbano moderno, es decir, por qué vías del imaginario, o “cómo pensamos el mito en la categoría del imaginario” en la ciudad moderna. Este punto me parece fundamental: el mito fue y continúa siendo, un fenómeno que se sitúa en el ámbito de lo imaginario y que, sobre todo ahora, tendemos a considerarlo en un espacio fenomenológico distinto al histórico, por no decir opuesto. Analogía en contraposición a principio de identidad. Circularidad en oposición a linealidad. “Para responder a esta interrogante” -agrega Caillois- al punto nos vemos tentados a señalar la literatura.”; pero un nuevo problema aparece inmediatamente ante nuestro autor, en el hecho de que hay que ser cautelosos en un ámbito, el mitológico, que no responde de ningún modo al orden estético, es decir a la búsqueda que consideramos propia e intrínseca de la literatura y todo arte, en primer término, la estética, la búsqueda de lo “bello” sea cual sea su manifestación en una época determinada. Se impone acá una contradicción inhibitoria: en tanto que la literatura es expresión del individuo, por lo tanto expansiva y fundamentalmente trasgresora, el mito pertenece por definición a lo colectivo, justifica, sostiene e inspira la existencia y acción de una comunidad, de un pueblo, de un gremio o de una sociedad secreta”. Surge aquí uno de los aspectos más extensos del mito: la culpabilidad sagrada.

Frente a este problema surge nuevamente la interrogante: ¿cómo puede la literatura, es decir la literatura considerada como alta”, aquella que se guía y persigue motivaciones estéticas, y que se manifiesta míticamente, sólo cuando logra zafarse de la coerción mítica, es decir cuando ésta se diluye, languidece o se hace pura retórica, lograr fundar una ciudad, París en el caso de Caillois, no sólo desde una perspectiva individual y volitiva, sino también colectiva? La respuesta de Caillois es en el punto en que se intersectan los conceptos de “alta literatura” y “baja literatura”, es decir, cuando el folletín tipo Fantomas o Los misterios de París de Eugenio Sue entran en escena y coexisten con textos como El spleen de parís o Los pequeño poemas en prosa de Baudelaire, que, además fue un autor prohibido en su época tal como Flaubert; cuando el problema vuelve a plantearse a escala de lo colectivo y “sin que, propiamente hablando, se pueda pensar en el mito la literatura también se constituye en una fuerza, comparable por ejemplo con la prensa, pero situada en el imaginario puro, que sin duda actúa de manera infinitamente más indirecta, difusa, y sin embargo ejerce una presión de la misma naturaleza y casi de la misma superficie útil.”

Se me preguntará que cómo la literatura podría parangonarse a la prensa, y más, cumplir una función de utilidad pública para poder asimilar este tipo de imaginario al mito. Acepto la duda, es más me la planteo yo mismo, pero asumo que, por el momento, y con voluntad, debemos plantearnos una cuestión de grados, de intensidades, de tempo de compenetración de la literatura con el colectivo – parte de él- y, sobre todo, de contexto.

El asunto radica, para Caillois, en que en el contexto del París de fines de siglo XIX, existe una confluencia entre la literatura letrada y la popular: una confluencia, donde, en una misma época y en un mismo país, las mismas tendencias, los mismos impulsos y si es preciso agregar, los mismos mitos, recobran una aureola de prestigio a la manea de un tráfico de influencias.

Es importante en este punto situar el eje, por decirlo así, desde dónde parte mi propuesta de una lectura de Concepción como mito moderno: desde el corte republicano del golpe de Estado de 1973. No es una elección política, sino más bien sociológica, pero sobre todo literaria y subjetiva –es la elección de un escritor, de un poeta- . Tanto los aspectos contextuales del país y la ciudad, como la pertinencia literaria, convergen a este punto axial: en primer lugar, la Ciudad de concepción, que a fines de los años 50 y durante los 60 había sido una ciudad situada a la vanguardia de la época tanto políticamente como literariamente, y sólo por dar los ejemplos más significativos cito los encuentros realizados por Gonzalo Rojas en la Universidad de Concepción entre los años 58 y 62, el nacimiento y expansión de Movimiento e Izquierda Revolucionario (MIR) y el Teatro Universitario de Concepción (TUC), fue en poco menos de un año, transformada en la tierra baldía y sumida en la oscuridad cultural y el terror político. Desmantelado casi todo el movimiento universitario, con razias y exoneraciones, encarcelamiento y exilio, quedó sumergida la capa geológica tal vez más rica vivida por Concepción en el siglo recién pasado y se le superpuso otra, totalitaria, que yo llamaría la de la tragedia que involucró tanto al colectivo como al individuo. Sobre este espacio de desmantelación del imaginario y de la vida privada y colectiva hubo que inventar, es decir, de alguna forma u otra, reemprender la tarea de construir un imaginario nuevo desde el individuo, pero sin prescindir del colectivo, desde la literatura, a falta de prensa u cualquier otro medio escrito oficializado o censurado. Creo que eso es en parte mitificar a través de la poesía. Otro aspecto: desde fines de los setenta, desde escritores como Severo Sarduy, Manuel Puig, Eduardo Gudiño Kieffer, en parte algunas novelas de José Donoso como La misteriosa desaparición de la marquesita de Loira o los escritores de la “Onda” mexicana y poetas chilenos de la generación del 60’ incluían en sus textos, indistintamente, lo que hasta el momento se había considerado formas “bastardas” de los mass media, como el folletín, el cine de género, los poemas que se abrían al mundo de los primeros encuentros sexuales adolescentes, etcétera. Estos aspectos, más otros de carácter de respuestas identitarias, abrieron paso a una necesidad teórica de saber dónde estábamos, cuál era nuestro contexto, qué desechar y qué incorporar en una tradición textual interrumpida en el país.

Situados en esta tierra yerma, tipo Eliot, la primera pregunta que hubo que hacerse fue cual era nuestro contexto, si ya la situación histórica estaba bastante clara: totalitarismo y guerra sucia, represión y silencio. La respuesta, por lo menos a mí, me llegó a través de un poema de Gonzalo Rojas, como una especie de revelación o, si se quiere, de reverberación: “Orompello”: allí estaba mi ámbito apareciendo como una visión, una imagen, como en todo poema revelador: la ciudad, el espacio urbano, la calle de las relaciones eróticas equívocas, “los tercos adoquines” que sobrevivían desde la Colonia, premodernos y en todo su esplendor, y esa calle lúgubre con nombre de Caquice mapuche, con sus fachadas retorcidas y descascaradas. El espacio urbano se abría así como no un telón de fondo, si no el locus mismo donde debía proferirse, ocurrir, devenir nuestra poesía, desde una contextualización metafórica y metonímica.

Las Zonas de peligro, como titulé un libro publicado durante los ochenta, metaforizaba en el ámbito urbano donde se desplegaba su escritura, y una guerra interna real en Chile, generalizada en todo el territorio nacional, donde el desconocimiento o, peor, la borradura del otro, primero por motivos ideológicos y, posteriormente, sólo por no ser yo sino otro, reproducía lo que Tzevtzan Todorov en “El descubrimiento e América”, llama “el descubrimiento que hace el yo del otro”, en este caso, en el descubrimiento de América, como una reacción a la frustración de la Utopía aúrea que traía el español en sus imaginación medieval en relación a América: del descubrimiento del otro al desconocimiento del otro como semejante, como otro que coparte los mismos rasgos de humanidad con yo: “Al comienzo del siglo XVI los indios de América, por su parte, están bien presentes, pero ignoramos todo de ellos, aun si, como es de esperar, proyectamos sobre seres recientemente descubiertos imágenes e ideas que se refieren a otras poblaciones lejanas. El encuentro nunca volverá a alcanzar tal intensidad, si ésa es la palabra que se debe emplear: el siglo XVI habrá visto perpetrarse el mayor genocidio de la historia humana.” Es el basamento de la violencia latente en la barbarie americana, manifestándose como una constante sangrienta en el decurso de nuestra historia, que Octavio Paz analiza tan lúcidamente en Posdata, en relación a la mataza de obreros y estudiantes en la plaza de Tlatelolco, en Ciudad de México, el año 1968.

Durante los años setenta y ochenta, aunque tal vez no lo sabíamos con exactitud, estábamos habitando no es espacio de la épica sino el de la tragedia: la verdad es que esta tragedia, desde el imaginario del yo, en este caso el lírico, pudo empeñarse en desarticular y rearticular la ciudad de Concepción en sus múltiples segmentos geológicos: cerro, plaza, barrio universitario, lagunas, río Biobio, estación de ferrocarriles, Cerro Chepes –o La Cruz- el cementerio General, sus bares viejos y destartalados -el Cecil, el León, el Yugo- que ya no existen, porque Concepción es como La ciudad de las últimas cosas de Paul Auster, donde el paisaje urbano cambia con una vertiginosidad exasperante, tanto por lo terremotos como por el progreso y sus consecuencias. De todas formas, este reconocimiento de la ciudad , este nombrar en nuestros poemas Concepción y reiterar su nombre, fue fijando, en este corte axial, una cartografía y, a la vez, una mítica, para la ciudad, a la que se sumaron los mitos preexistentes al 11de septiembre de 1973. Así, poetas como el mismo Gonzalo Rojas, Gonzalo Millán, Carlos Cociña, Mario Milanca, Tulio Mendoza Bello, Ramón Riquelme, Carlos Decap, Nicolás Miquea, Juan Pablo Riveros, Edgardo Jiménez, Javier Campos, Egor Mardones, Alexis Figueroa, Omar Lara, Jaime y Enrique Giordano y otros poetas más jóvenes, -y si estamos en el ámbito del mito, también poetas secretos y apócrifos, como Pisan, de Tomé, que dejó su único poema en los muros de esa ciudad: “Vote x Pisan” y la performance de su muerte por agua en las mismas costas tomecinas- y Osvaldo Caro, perteneciente a la poesía secreta de Concepción- deambulan aún en los bares y calles de antaño, haciendo resonar el deseo abolido por esos tiempos a remotos, pero tan actuales, como este día de hoy.

Retomando las afirmaciones de Caillois: “Dicho lo cual –en el párrafo anterior- sin duda parecerá aceptable afirmar que, desde esta perspectiva, existe una representación de la gran ciudad, con poder suficiente sobre imaginaciones para que nunca se plantee el problema de su exactitud, creada enteramente por el libro y sin embargo lo suficientemente difundida para formar parte ahora de la atmósfera mental colectiva y poseer como consecuencia cierta fuerza coercitiva. En ella se reconocen ya los caracteres de la representación mítica.”

Por ahora valgan estas tentativas preliminares, en tanto queda pendiente un trabajo de inmersión en los textos poéticos para ver como han ido construyendo capa a capa la geología mítica de la ciudad de Concepción.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ustedes son muy estupidos ya que no hacen na bueno aqui

Mª Cristina Ogalde dijo...

Qué comentario tan edificante. Gratis culto,inteligente y brillante visitante. Nuestros saludos.

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