Un aporte CIC

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Arte y Cultura

Junto a Neruda con Rimbaud

“A la aurora, armados de una ardiente paciencia,
entraremos a las espléndidas ciudades”.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Marta García - Coronel

LA JULIA

Mi ciudad fue minera, hoy es industrial. Pero mi barrio, en Camilo Olavaria, es de trabajadores llegados desde las minas de Schwager; muchos desde Concepción y los alrededores, tras el terremoto de 1960.

Antes del terremoto, digamos por allá por la década del cuarenta, su gente era pobre o rica.

Éstos se bañaban todos los días, tenían buena ropa, casa decente y comían cuatro veces al día: un suculento desayuno con leche de vaca – no sintética como ahora-, pan con mantequilla de verdad y mermelada hecha por la abuela. Cuatro platos para el almuerzo de medio día y de noche: entrada, cazuela, un guiso de segundo plato fuerte, las legumbres de tercero y el postre, generalmente de leche. Todo ello regado con buenos vinos, también de verdad, traídos directamente desde la viña del pariente que vivía en Coelemu. Además eran los invitados de honor en todas las grandes ceremonias donde lucían sus joyas y riquezas materiales. Eran los señores del pueblo.

Para el pobre en tanto, el desayuno era “ulpo de harina” (harina de trigo tostado al que se agregaba agua hirviendo) y, al almuerzo y comida, los “porotos con rienda” (frijoles con pastas). El único que estaba obligado a bañarse era el amo de la casa para sacar el polvo de carbón que ennegrecía su cuerpo. El resto de la familia, cuando quería o podía. No estaban obligados por el “que dirán” de hacerlo todos los días. No como el rico que debía estar siempre “olorocito” a limpio. Así ambos publicaban su condición de pobre o rico a través del olfato.

No había término medio.

La clase media, que sí existía, era rica o pobre según la ocasión. Para los ricos era pobre y para los pobres era rica. No eran los dueños ni ejecutivos de la empresa ni tampoco los trabajadores (peones o apires) mineros. Eran de la clase- no manifestada- que se lucraba con el sudor de los pobres trabajadores y de la benevolencia o estupidez de los ricos; siempre soñando con llegar al nivel de potentados, tener la oportunidad de lucir la riqueza y derroche que mostraban los de más arriba. Estaba conformada por comerciantes, prestamistas, empleados públicos y de segunda categoría de la empresa minera. Cada una de estas familias envidiaba las adquisiciones de sus semejantes obtenidas con buenas o malas artes. Y ésta se manifestaba en el rumor adjudicándoles el mote de “sinvergüenzas y ladrones que robaban a los pobres”.

A esta clase pertenecía la Julia. Descendiente directa de un francés que trabajó como práctico en las minas, en esos años en que a don Federico Schwager se le ocurrió abrir una mina a partir de un socavón en la orilla del mar, sin contar con los elementos que hoy existen para tales faenas. Se usó la fuerza bruta de los trabajadores con palas, picotas y animales de tiro. El ingenio de los profesionales extranjeros logró abrir el gran túnel que se hundiría bajo el mar siguiendo las vetas de carbón.

La Julia, rubia, bonita, parecía señorita rica por los abalorios con que se cubría, y era codiciada por los pobres y los ricos.

Pero ella no era tonta, quería casarse y tener una familia. El rico nunca se casaría con ella aunque estuviera enamorado, porque la “clase manda”. Así es que para marido eligió a un minero de fuerte musculatura y bellas facciones, al que amó. Deseaba que sus hijos fueran bellos, como ella y él.

Un accidente fatal en la mina, dejó a la Julia viuda con dos hijos y una pensión miserable, que la obligó a trabajar “por su cuenta”. Vendía ropa al crédito o pescado cuando las cosas iban mal por las huelgas. También, si se daba la ocasión iba a Concepción a vender en las ferias o a realizar timos de poca monta, con mucho cuidado para no ser descubierta. Debía mantener su status dentro de la comunidad.

Viuda y relativamente joven, otro minero se enamoró de ella. Era bueno casarse con mineros porque se tenía la vida asegurada, mientras estos vivieran. Dos hijos más y, nuevamente un derrumbe en el interior de la mina, la dejó viuda, con otra pensión miserable. Para casarse debía renunciar a la primera. Por ley la persona debía recibir una sola. Pero ella prefería eso, a vivir sólo amancebada.

Cuatro hijos, a los que había que alimentar y servir se acumulaban a las obligaciones de la Julia que, sin embargo, se preocupaba de su figura y de vestir los mejores trapos que llegaban a sus manos. Continuó con sus trabajos independientes. Algunas veces se hacía pasar por “prestamista”, pero más de alguna familia minera la dejaba sin ganancias por fallecimiento del jefe de hogar, en algunos de los frecuentes accidentes.

Así conoció al tercer marido. Con éste aumentó su parvada en tres hijos más. No dejaba de interesarse por las nuevas leyes de protección de la familia y de los beneficios para los mineros, que leía y guardaba con devoción, más que la Biblia consabida. De modo que, por los años cincuenta pidió los beneficios de asignación familiar para sus siete hijos, a los que crió y educó a su manera. En esa ocasión conocí a la Julia, cuando hacía sus trámites en el Seguro Social.

El terremoto de 1960 le dio la oportunidad de “hacerse de una casita en “La Magri”, población al lado de “La Desco”, que, durante el Gobierno de Alessandri, se había construido para los mineros de Schwager. Hoy, Camilo Olavarria.

El tercer marido contrajo una enfermedad propia de los mineros que respiran constantemente el polvo de carbón, la temida “silicosis”. Y era de ver a la Julia trajinando entre servicios de salud y previsión para insistir en sus trámites o cobrar las cuotas de sus préstamos a los pensionados o vendiendo las ropas que matuteaba comprando a uno en Santiago y vendiendo a tres en Coronel.

Conocía todos las formas de engañar al prójimo por su eterna amistad con los menesterosos y ladrones de quienes aprendía, no para emularlos sino para defenderse, especialmente, cuando viajaba a Santiago porque allí hay que tener mucho cuidado.

Se podía confiar en ella, porque aunque vivía en esa pobreza tan especial, donde no falta lo esencial para los hijos y los allegados, nunca estafó ni engañó a nadie, excepto al Estado, que era una tierra de nadie. A éste había que ganarle beneficios sin pagar impuestos de ningún tipo, porque ella era pobre. Que pagaran los ricos.

Aprovechó de todas las leyes que, de alguna manera protegían a los de la clase baja, porque ella estaba en esa línea sutil que separa al pobre de la clase media. La Julia se podía considerar rica porque se bañaba todos los días y vestía buenas ropas que compraba de ocasión, pero era pobre por ser viuda y estar casada con mineros.

A pesar de su sapiencia en cuestiones de de leyes sociales, trucos y engaños, un día llegó llorando de indignación a su hogar. ¡Había sido timada con el cuento del tío! ¡Ese cuento tan sabido por ella! El orgullo herido era más fuerte que la pérdida del dinero de una de sus pensiones.

Muerto el tercer marido, en los años setenta, se volvió a casar con un feriante. Gran escándalo en su familia que trataba de “tirar para arriba” Esta vieja “loca y caliente” fue el hazmerreír de la comunidad. Pero eso, a ella no le importaba, nunca se sintió prostituta porque fue fiel a su condición de mujer casada y viuda como lo manda la sociedad. Y por qué no iba a tener hombre en su cama, si legalmente le correspondía.

El primero, había sido elegido por amor, el segundo por necesidad, el tercero por pasión y el último “pa’no perder la costumbre”, dijo

Eso sí, nunca ejerció la prostitución a pesar de ser un buen negocio. Claro que algunos de sus trabajos no eran tan santos, pero la prostitución, alcohol y drogas estaban relegados a la tierra de “nunca jamás”.

Y murió este cuarto marido, tal vez por los sometimientos sexuales de la Julia, tal vez porque el hombre estaba enfermo, no se sabe a causa de qué, lo cierto es que a poco tiempo de casados la Julia quedó viuda por cuarta vez.

Falleció la Julia hace poco tiempo atrás, a los casi noventa años.

Más de ciento cincuenta personas eran sus deudos entre hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, contando a los cinco varones a los que crió junto con los suyos, huérfanos de mineros fallecidos y de padres encarcelados, con sus respectivas descendencias.

Cuando la llevamos al cementerio, sentí que mi barrio perdía a un personaje de sapiencia natural extraordinaria. Una mujer que nunca se dejó abatir por las penurias, ni tampoco se dejó manejar. Y, además, que tenía solución para todos los problemas

Esta era gente de mi barrio. Ahora, las cosas han cambiado.

MARTA IVONIA

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