Un aporte CIC

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Arte y Cultura

Junto a Neruda con Rimbaud

“A la aurora, armados de una ardiente paciencia,
entraremos a las espléndidas ciudades”.
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miércoles, 28 de octubre de 2009

Antonio Andalué - Lota

RECUERDOS

He de confesar que me gusta deambular por las calles de mi ciudad, salirme de ellas y encontrar un tesoro escondido en alguna casa olvidada por el tiempo. Recorrer sus habitaciones entre telarañas y retratos desteñidos de miradas adustas y sombrías. Sentarme en un destartalado sillón frente a una chimenea en donde chillan presurosas ratas. Sacar mi libro de versos preferido de entre mis ropas y soñar y soñar.

¡Ah, soñar que encanto! Libre por siempre y lejos de todo. Libre como el humo que se va elevando suavemente cada vez más para escabullirse por entre el techo roto hacia la inmensidad.

Cómo me encanta pasear por las avenidas, sentir sus palpitaciones, distinguir sus aromas, apreciar sus líneas, jardines y balcones floridos. Y entre fragancias de rosas y claveles ver el rostro hermoso de una madre que atareada en la artesa me arroja la más linfa flor para mi solapa.

Llegar a la estación ferroviaria y sentirme nuevamente útil, ayudar a las señoras con sus pesados canastos, bultos y maletas. Sentir el bullicio, la alegría de los viajeros, el dolor de una despedida y el chirrido inconfundible de la locomotora, y luego, el humo a la distancia.

Llegar al puerto con la algarabía de gaviotas revoloteando entre las embarcaciones, el inconfundible olor a mar por todas partes, las redes remendadas al sol junto a la ilusión de la próxima incursión. Transitar por entre los botes arrojados en la playa y deleitarme leyendo sus nombres. Algunos me sugieren secretas historias de amor: “Delfina I”, “Angélica Hermosa”. Sentarme en una proa y hacerme a la mar, surcando raudo las olas y traer un pez dorado para cada uno de nosotros.

Me gusta mirar a los pescadores, hombres fornidos, de piel rugosa e historias sin tiempo. El mar se les ha impregnado en los ojos, la roca en sus manos, el horizonte en sus dientes y una tempestad en los cabellos.

Pasar a la escuela donde un universo de conocimientos encerrados se abrió a mentes ansiosas y fructíferas; compartiendo el pan y la lección del profesor que brota de las páginas impresas.

Llegar al parque somnoliento de árboles caprichosos y aves sinfónicas, en donde pincel Maestro pintaron los más bellos colores.

Y después la plaza, siempre con estudiantes revoloteando, el viejo fotógrafo, los multicolores globos, los helados y las golosinas.

Todo es maravilloso cada día. Andar y andar, soñar y soñar. Regresar al asilo radiante y todos podrán ver en mis ojos cansados y sin luz mis andanzas cotidianas.

Y esta noche soñaré otra vez con mi barrio, con mi calle favorita. Esa que nos vio crecer y jugar. Esa que esta tarde afloró en una esquina y me habló de sus cosas con voz grave y añosa, gastada por el polvo y el viento. Escuché cordialmente sus lejanas alegrías y tristezas presentes , de haber sido ella el centro de reunión de desgarbados muchachos, de haber presenciado en tantas noches de luna el encuentro de secretas pasiones o en una tarde de lluvia ese beso que se escurrió por la alcantarilla. Oírle decir de su entusiasmo por reñidos encuentros futboleros. Ella, fiel hincha, observaba corretear a sus “ídolos” tras el balón improvisado. Después nos tendía sus amplias veredas para el descanso, participando en chispeantes y sabrosos comentarios; riéndonos estrepitosamente hasta el ocaso.

Oírle decir de la soledad de sus noches nostálgicas, inquietante por los ronquidos de algún vagabundo ebrio, que atraído por las cálidas aceras se durmió soñando que linda sería la vida si estuviera toda plantada de viñedos.

Dormiré plácidamente esta noche junto al vicioso de mi calle... ¡Ah, pero mañana si que no me olvido de decirle al enfermero que una rueda de mi silla esta floja!

Antonio Andalué

Octubre 26 de 2009

martes, 27 de octubre de 2009

Enrique Silva Rodríguez - Coronel

Arriba de una Micro

Creo que me estoy volviendo loco.

No sé a ustedes
Pero a mí
Me pasa una cosa rara, muy rara, arriba de las micros
Sobre todo si voy sentado a la ventana
Mirando para afuera
Mientras el paisaje y las ideas
Se acarician y se funden
Irresponsablemente.

Por ejemplo esta mañana
Una mujer como un harapo hambriento y seco
Se apareció de pronto en la hediondez
De las pesqueras en Lo Rojas
Y se lavó la cara en una poza en la vereda

Y junto a la mujer había un quiltro flaco
De una flacura de palote
Como un niño carcomido por la roña de lo Rojas
Y el quiltro me miró
Moviéndome la cola
Con la cabeza de un pescado
En el hocico.


Me pasa una cosa rara muy rara arriba de las micros.

Porque después y de repente
En medio de mi soledad
Esa cosa rara muy rara
Como víbora o tarántula
Despelleja su evidencia
Y ahora no me acuerdo
Si era una mujer o era un harapo
Bebiendo el agua de una poza en la vereda
Lo que vi.

Ni me acuerdo si a su lado había un quiltro flaco
O había un niño
Famélico
Mirándome
Llevándose a la boca
La cabeza de un pescado.




Leyenda

Porque canté
Como los perros que le ladran a la luna
Allá
Sobre el pantano
Y fue quedándose
Lo sé
De quiltro en quiltro
Mi canción en la jauría.

Porque canté
Como una rana
Como un grillo
Y fue quedándose asimismo
De rana en rana
Y de grillo en grillo
Cada uno de mis versos la marisma.

Porque canté
Porque escribo
Porque en ti pude
Hacer el amor como un perro
Con aquella luna espléndida
Y fuimos ciénaga tú y yo
En la humedad y la penumbra.

Porque canté
Porque escribo
Porque tarde mal y nunca verso
Una puerta se me abre entre las sombras
Y entro en esa claridad
Como en tu sexo.




Mujer como el Mar

Yo conozco una mujer que es como el mar

Viene y se aleja esta mujer como una ola
De su misterio azul
A la marisma solitaria que me habita

Viene y se aleja esta mujer como una ola
Y es una alegría alegre tan alegre
Cuando llega y se desnuda
Con la nitidez de un barco
En la mirada del náufrago

Porque trae tanto de la playa esta mujer a mis orillas
Tanto maramor lame mi lecho
Que se espuman
Sus senos en mi boca
Que se olan en mis manos
Sus caderas
Que me areno entre sus piernas

Y penínsulo
Su pubis.





La piel de la Culebra

Este viejo pellejo que se desgarra a flor de piel
Por culpa de este otro pellejo inesperado y reciente
Que de tan hondo viene y se establece
En un espacio y tiempo nuevos
Proyectándome

Ese ser desconocido que soy y sigo siendo
De pellejo en pellejo
Elásticamente

Este lugar entre la forma y el aire
Que me desangra y me sutura
De un solo beso

La sinrazón que me exhala y me queda después

Esta angustia que me abraza
Y me machaca hueso
Médula
Sustancia
Y que me escupe feto
Fruto
Sortilegio





Los Bichos

Y no obstante lo ominoso del gusano
Que se nutre larva y transfigura
En el sueño putrefacto de los muertos

Y no obstante el espantoso escarabajo estercolero
Que en las fecas nace se consagra y reproduce

Y no obstante la lombriz que mutilada
Regenérase en sí misma
Semidiós y necrofílica
Casi humana

Y no obstante bicharraco sabandija y alimaña
Y no obstante lo baboso lo ciempiés lo erizado lo coraza

Y no obstante la lanceta y la ponzoña
La trompa que supura y atenaza
Yo venero entre los bichos
Tres virtudes que no tengo:

Su amor con las raíces

Esas extremidades capaces de hacer música y volar

Y tanta
Tanta luz en un poco de luciérnaga.




Amalia

Llévame al bosque encantado
Toma mi mano y llévame al bosque de los aromos enanos
Antes que anochezca
Ahora que la nube se pone su pijama colorado
Y en el patio
Nos guiñan el ojo las manzanas
Desde los manzanos japoneses

Yo sé que aún recuerdas
Como sólo en sueños yo recuerdo a veces
El silencio aquel del cual brotaba el trino de los pájaros
Que entonces no era el trino de los pájaros
El tiempo en que la luz remonta el vuelo
Y desde la luz que se nos va
Acude por nosotros la benéfica negrura de la vida

Muy dentro de mí
Yo quería que este fuera la nostalgia de la luz
Y no un poema
Pero no puedo ensombrecerme ante un gesto de luciérnaga
No me nace entristecer en tu presencia

Tú eres la blancura apenas mancillada por el mundo

Llévame al bosque encantado
Toma mi mano
Y entremos al bosque de los aromos enanos
Como la semilla empujada
Por el beso de la lluvia entra en la tierra
Y se despierta
Allí donde las brújulas
No tienen otro Norte que los sueños.




Aproximaciones al Misterio

Te regalo mi abeja
Su vuelo
Su espolón
Su cáliz

Mi amor es simple y circular
Como la vida
Como el sueño de la abeja

Mi amor es un niño remoto
Que jugando a las bolitas
Le dio cuerda al firmamento

En El principio
La Luz rompió los cántaros sagrados
Y el semen salpicó las escaleras
Chorreando los peldaños seculares

Los óvulos flotaban en el Cosmos

Amar amor
Es simplemente
Abejas y estrellas
Cometas y estrellas.




Desde el Velador

Desde el velador
Sentado encima de los libros
Alguien me mira

De ese fantasma en sepia
Me llega el tango que cantaba mi padre
Con la palidez del número seis
En la camiseta de Deportes Lota Schwager
En un retrato que teníamos
Hace tiempo
En nuestra casa en Maule

La nostalgia cae por los cuatro costados
Y se va detrás de una pelota perdida
En el corazón de la infancia

Desde el velador
Sentada encima de los libros
Alguien me abraza

De aquella luz viuda me llega
La imagen de mi madre
Zurcida al traqueteo de la máquina
Quemándose los ojos a las tres de la mañana

(Un invierno roba tejas
la corona de goteras)

Y mientras la lluvia cae por los cuatro costados
Y su pie cae sobre el pedal
Y la aguja cae sobre la cuenta de la luz
La cuenta del agua
Las tripas y los trapos
A nosotros se nos van desempañando las auras
Y nos vamos quedando dormidos
Con la frescura del pan en la panera de mañana

Desde el velador
Sentado encima de los libros
Un solo ser me mira
Un solo sol me abraza.



In-Trascendencia de los Perros

Los perros me aman
Porque yo me veo en ellos como en un espejo
Y ellos
Que no saben de espejos
Me miran y me ven como a un perro


Yo canto escribo poemas
Domestico palabras y perros
Ellos ladran aúllan gimotean

Yo trazo mapas en todas direcciones
Socavo el cielo con un ojo
Me miro la pelusa que tengo en el ombligo

Ellos comen y duermen mean y cagan
Van y vienen con un palo en el hocico
Van y vienen persiguiendo a los autos

Yo conjeturo teorizo enloquezco
Yo invento el amor
Me enamoro fornico trasciendo

Ellos se encelan aparean y amamantan

El universo es simple entre los perros
Se fundamenta
En la pura memoria de olores y lugares

Un día
La noche los atropella y se mueren
Sin saber qué mierda pasa
Se mueren
Y a mi se me eriza la piel de repente
Con tanto perro medio muerto en las calles
Con tanto perro reventado en los caminos

Porque yo no quiero morir como un perro

Y entonces los perros
Empiezan a salir de la muerte
Con un palo en el hocico
Y se echan en mi pecho
Y me pasan la lengua por el alma
Y a mí me va naciendo una sed desconocida insaciable
Tengo hambre tengo miedo
Y estoy solo
He perdido el rastro a casa y llueve
En la negrura del bosque
Veo una luz a lo lejos
De la luz viene el silbido del amigo que me llama

Y yo corro ladrando hacia la luz
Batiendo la cola
Seguro
Contento




Hombre con una Flor en la Oreja


Debajo de mi pecho
La llama de una vela languidece
Los brazos del encino se deshojan
Y la tarde esconde su farol
Mientras un perro muerto llora

Tú eras
Sencillamente
Un hombre sol
Con tanta claridad en la camisa
Que toda soledad era tu casa
Y todos los silencios un columpio

Has regresado al bosque Jorge
Te veo claramente
Colmando las raíces
Hálito
Sustancia
Semilla de la poesía
Humus del verso
Música que emana de la hondura de la tierra
Y sale por las grietas
Sale por los árboles
Y pálidamente es un insecto
Una hoja
Un brote
La mano de la niña que de pronto
Me pone una flor en la oreja.



Elevación del Pescado

Uno pesca algo de verdad
Cuando descubre un pescado
En la mesa de la cocina
Y vislumbra
Que hay un misterio en eso

Un misterio ahí
En la repugnancia de las tripas
En la súbita imagen del pescado
Que de escama en escama
Se eleva y multiplica
Simplificándolo todo:
Las matemáticas
La astronomía egocéntrica
El misterio de un orden
El misterio de un pez
De un pescado que camina
Y que de tanto caminar
Ha llegado a la luna

El misterio de la rueda en todo orden de cosas
El misterio de una rueda vetusta
Anterior al misterio de una rueda más grande todavía

La eternidad el círculo
El círculo que es círculo
Y eternamente círculo en el agua
Cuando cae la piedra
Cuando cae la bomba

El resorte

La espiral

El resorte y la espiral

La espiral que sujeta el alma a su cuerpo
El cuerpo a su madre

El resorte en el ombligo de Dios
La Vía Láctea que se abre como una hoja
El universo que se encoge igual que un anciano

La espiral de la carnada moviéndose en el fondo
El resorte del anzuelo entre las branquias
La rueda en el puño que trae un cuchillo
El círculo de la olla las cucharas y los platos


La rueda el círculo el resorte la espiral
En los intestinos del gato
Que se come mi cabeza.




Noctámbulo

La noche me mira con su único ojo

Y a mí de repente se me ocurre
En el ojo del cráneo
Y en el ojo del pecho
Que un enorme gato negro
Clava en mí
Su pupila incandescente
Y que esa pupila incandescente
Ese enorme gato negro
Sabe quién soy
Sabe que hago en este mundo

Sabe por qué me muevo así tan bien
De nicho a feto y de feto a nicho en la noche oscura

¿Por qué de pronto siento
que lo oscuro y yo nos conocemos
no importando de qué lado de la noche
nos miremos ojo en ojo?

A veces pienso
Que soy hijo de lo oscuro
Un bastardo de la noche
A quien la noche alumbra

A veces pienso
Que noches como esta
No son sino la escoria
Siempre viva
De un remoto
Y secreto
Amor edípico.




Hombre con el Lápiz en la Oreja

Soy el hombre con el lápiz en la oreja
Torpe intento de faquir y curandero
Donde piso brotan valles y desiertos
Llanos y mareas, parques y tormentas
Faros en la niebla, luces cegadoras

Soy el hombre con el lápiz en la oreja
Vengo herido lentamente de ternura
Con un rastro de famélicas palomas
Una baba de gametos y bemoles

Soy el hombre con el lápiz en la oreja
Me declaro:
Fugitivo prisionero de lo efímero
Esa histeria

Soy el hombre con el lápiz en la oreja
Me voy yendo
Poco a poco cada noche
A la noche inevitable
La de todos
Simplemente la de todos








ENRIQUE SILVA RODRÍGUEZ (Concepción, 1961): Todo el tiempo le ha gustado escribir. Piensa que escribir poesía es una forma de magia. Una especie de sortilegio indescifrable. No porque escribir poesía sea un ejercicio no real, sino porque escribir poesía es un impulso real e irreal. Lo que lo hace un misterio en esencia. Y por lo tanto fuente inagotable de curiosidad y fantasía. Tiene 42 años. Vive en Maule, Coronel. Trabaja como cualquier ser humano de este mundo. Suele sorprendérsele diciéndole a los niños de alma que la belleza existe, que la belleza nos pertenece y gozamos del derecho natural e inalienable a la belleza. Resumiendo: predica algo así como una religión incomprensible, una suerte de locura transparente. O sea, que sigue jugando al Viejito Pascuero, su primer gran oficio.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Antonieta Adams- Talcahuano



CICATRICES


Tomé un cuchillo afilado. Lo deslicé sobre mi muñeca y mi brazo izquierdo repetidas veces, lento pero firme. Un ritual. La mirada perdida era señal de nada, la cara desabrida y vacía no tenía expresión alguna. Cuando se separó la piel de la carne, la sangre comenzó a salir borbotones. Mientras presionaba los labios, mi primer movimiento facial, cerré los ojos y sentí cómo el rojo líquido helado me acariciaba, corría por mi piel y bajaba hasta mis dedos para llegar al fin de su recorrido y caer al vacío desde la punta de mis uñas, despidiéndose sin remordimiento alguno.

Tomé el cuchillo con la otra mano, ensangrentando su mango sin querer, e hice lo mismo con mi otro brazo. Sentí la dulzura del dolor y el beso placentero del ardor que sentía, un beso tan suave… Beso que no sentí de los labios de nadie.

El relajo que experimentó mi cuerpo desnudo mientras la sangre recorría lentamente mis extremidades superiores no es comparable a nada. Alcé las manos al cielo y culpé al altísimo de mis actos. Mis ojos abiertos sintieron la abrasadora mirada del sol. Luego solté el cuchillo y di gracias por sentir que estaba completamente viva en un mundo distinto, sin ligaduras materiales ni nada tangible.

Una sonrisa y una lágrima se dibujaron y quedaron impresas en los rayos solares que las desdibujaban, ignorando esas sumisas demostraciones de felicidad. Cerré los ojos para sentir su calor. Estuve inmóvil varios segundos, me sentía en paz. “De un mundo tangible a algo mejor, más simple”, pensé. Después, con la mente ya en blanco, sólo importaban las sonrisas, las lágrimas, la paz y la sangre.

De pronto sentí que el sol lentamente se desplazó y todo se convirtió en oscuridad. Su mirada calurosa se convirtió en el llanto de las nubes; y estas, en lágrimas que limpiaban mi cuerpo y alma de culpa. Las gloriosas gotas se mezclaban con la sangre a medida que iban callendo y se convirtieron en licor, luego en veneno puro.

El pelo humedecido se me pegaba a la cara.

Mi alma se limitaba a sentir sin pensar y a dejarse llevar por las sensaciones de mis últimos respiros. Saboreé el olor a tierra húmeda, disfruté el sonido de las gotas de agua al chocar en la tierra cuyas caricias eran similares a las del viento en las alas de los ángeles, me estremcí con el murmullo de la sangre entremedio de los dedos de mis pies que celebraba la libertad y escuché el rumor de dulces melodías que jamás han sido tocadas, ni siquiera en esos lugares perfectos que existen en un universo paralelo donde aún los pies no nos pueden llevar, pues sólo lllegan allá las almas grises y esperanzadas en la existencia de algo mejor.

Se acabaron las sensaciones. No más sol, no más lluvia, no más olor a tierra húmeda, no más sonidos dulces ni murmullos ni rumores, ya no queda nada, nada… Nada. Sólo el silencio y un entorno insípido. Abrí los ojos en el silencio ensordecedor, salvo por los latidos de mi corazón, y se tornaron blancos. Respiré profundo y los latidos cesaron. Bajé los brazos y lentamente caí en un profundo sueño del que aún no puedo despertar. Y mientras caía, se apagaba poco a poco la luz de la vida que tan intensamente había sentido en los últimos minutos. Se apagó lentamente, tenuemente, suavemente, hasta llegar a la oscuridad.




El Último Viaje.

Con la sonrisa inocente que hacía menos notorios los golpes, los ojos hinchados y la mugre, jugaba con un tren que tenía la pintura descascarada y muchos muñequitos de añosa madera que con la cara pintada de alegría aplacaban la triste realidad. Sin detenerse a pensar en eso, el pequeño niño sonreía con la ilusión de tiempos más felices que esperaba que llegaran con la magia de la navidad. Los luminosos ojitos minuciosamente pintados a mano se opacaban ante la realidad que observaban a diario desde la repisa ubicada frente a la cama. Cuánto desearon llorar esas caritas artificiales al no poder reparar las injusticias…
Se sentó en el suelo entre los juguetes desparramados. Tomó el tren y lo hizo girar despacito sobre las ruedas a su alrededor una y otra vez. De un momento a otro se llenó de pasajeros alegres. El riel estaba sumido en medio de un extenso campo floreado que se unía en el horizonte a un infinito cielo calipso (ni una sola nube entorpecía la vista). Los rayitos de sol iluminaban la sonrisa y los ojitos que ya por su parte brillaban con luz propia.
Él era un pasajero más, el más chiquitito, quien recibía las atenciones y cariños de todos. Le ofrecían dulces de esos que veía en los mostradores de las tiendas pero que no se atrevía a siquiera imaginar degustarlos, pues el miedo a la reacción violenta que su padre tendría al encontrarlo comiendo esas porquerías lo hacía palidecer. Pero como se había quedado en la estación junto al miedo, saboreaba chocolates, calugas y caramelos de todo tipo, guardando en su bolsillo -el que no estaba roto- los papeles de los más diversos y brillantes colores. Agradecía con la paz de su sonrisa.
De pronto, un ruido de fierros. El tren comenzó a subir… A subir, a subir. Interrumpió la armonía del cielo infinito.
Los pasajeros se asomaban asombrados por las ventanas observando el maravilloso manto multicolor de flores que estaban dejando atrás. El vientecillo que entraba hacía que los ojos grises del pasajero más chiquito se cerraran. La curiosidad y la emoción por lo desconocido crecieron, el corazón latía más rapidito. La brisa lo ahogaba tiernamente y reía… Reía, reía. Reía como en la realidad nunca pudo hacerlo.
Una mano tocó su hombro delicadamente. Abrió los ojos y vio a una mujer vestida de blanco con un halo angelical. Corrió a su regazo, la abrazó fuerte y le pidió que no lo dejara solito de nuevo. Ella lo besaba y abrazaba sólo como una madre lo hace.
Juguetona, se asomó a la ventana y el viento acariciaba su cabellera de seda. Miraba desde afuera a los ojitos lindos que de ella había heredado. Entendiendo la invitación, el niño se arrimó a ella apretando su cintura.
"Uno… Dos… ¡Tres!". Se dejaron caer al vacío embelesados por el aroma a primavera. El tren siguió subiendo hasta perderse mientras caían riendo por las cosquillas que el viento les hizo al penetrar sus ropas y los pájaros acompañaron su vuelo en son de paz mientras cada pluma envidió la blancura que emanaba el amor presente entre la madre y el hijo.
Los pájaros se remontaron hacia las alturas cuando cayeron en medio de las flores para que las mil mariposas que salieron de su escondite les dieran la bienvenida. Rieron durante horas y horas.
Después de ese agotador viaje, el infante se quedó dormido entre la vegetación y los brazos de su madre.
Los muñecos lo miraban conmovidos. No eran capaces de entender el porqué del daño a esa criatura inofensiva que vivía entre la mugre, las telas de araña y la tristeza, mientras él, dormido en el suelo entre los juguetes desparramados, soñaba con la sonrisa de su madre. Lloraban en silencio lágrimas de aserrín.
Entró a la habitación el ogro gordo, maloliente y despeinado, el rey del lugar; atropellando a su paso a cuanto muñeco se le cruzó por el camino, provocando el terror de toda la comunidad de madera. Al verlo, los horrorizados muñecos que estaban más cerca del angelical cuerpecito intentaban cubrirlo y esconderlo, pero sus articulaciones no respondían a sus decisiones. No querían volver a ver la escena macabra y aberrante del día anterior. De los días anteriores.
El ver a su hijo dormido en el suelo fue suficiente para desatar la furia del mounstro, quien ante la mirada atónita de todos los juguetes tomó al niño bruscamente de un brazo. Se despertó inmediatamente con el corazón latiendo a mil por minuto. Su padre le gritó, lo zamarreó y golpeó brutalmente. El llanto y los gritos desgarradores inundaron la habitación de pánico. Los muñequitos no hacían más que intentar moverse, arrancar, desear ser humanos por única vez y hacer justicia por sus propias manos. ¡Qué más podían hacer!
Satisfecho con el ataque y convencido del aprendizaje propinado a su hijo, el cruel y abusador progenitor dio un portazo campante como si nada hubiese sucedido.
El pequeño permaneció unos instantes tirado en el suelo abatido y tiritando, con heridas en el rostro y en la piel de las cuales ni la sangre se atrevía a brotar producto del miedo.
Un silencio abismal se produjo en la habitación. El murmullo de los juguetes se paralizó. La angustia hizo que los muñecos se secaran y lentamente se descascaron sus pinturas de colores.
Con un angustioso quejido se arrastró sobre los juguetes rotos. Se detuvo con lágrimas en los ojos que apenas podía abrir al contemplar el tren partido por la mitad producto de una pisada maldita. El medio de transporte con ida hacia el infinito estaba roto al igual que su corazón que recordaba el último viaje.
Siguió arrastrándose ante la mirada atónita de los muñecos polvorientos de lágrimas hacia la caja de música que se había salvado de los zapatos torturadores. La tomó con las dos manos. Le dio cuerda. La melodía armoniosa que salía de ella interrumpió el silencio y emulsionó el ambiente.
Los juguetes se dejaban caer desmayados de la impresión y la angustia sin poder soportar las imágenes que se veían. El escenario era demasiado escalofriante para ser real. Y mientras la música sonaba, el dulce angelito continuó arrastrándose intentando no manchar con sangre los maderos del suelo y evadiendo las asperezas que pudieran acrecentar el dolor de los moretones que tenía por todo el cuerpo.
Intentó ponerse de pie para recostarse en la cama como correspondía – como su padre lo hubiese querido – y cerró los ojitos bien fuerte. La música calmaba un poco el acelerado corazón.
Tres grises bailarinas un poco neblinosas que iluminaban todo con sus trajes blanco invierno aparecieron danzando por la habitación, tal como la bailarina de porcelana fina que traía la cajita y que sostenía en la mano y apegaba a su pecho. Sus rígidos rostros esquivaban la mirada entre sí para no romper en llanto.
Entre la confusión de lo que parecía un sueño apareció una dama vestida de negro y con la mirada profunda en el umbral de la puerta. Se le acercó moviendo la cabeza de un lado a otro. Los muñecos no entendían que pasaba.
Llegó a la cama del niño que suspiraba al son de la música. Cuando la vio, le preguntó dónde se habían ido las bailarinas. Habían huido para no ser vistas llorando, pero la dama no le respondió. Le puso una mano en la frente para alivianarle la fiebre que tenía de tanto llorar. Luego la puso sobre las heridas para hacerlas menos dolorosas. Acurrucó al niño en sus brazos. Con los ojitos cerrados, murmuró despacio "¿Mamá?" y suspiró por última vez. Lo tapó con su manta y se lo llevó al ritmo de la cajita musical que se había vuelto lúgubre mientras los muñecos juntitos unos con otros, abrazaditos, muertos de pena otra vez caían poco a poco vueltos aserrín.


El enamorado


Con su mejor traje-ese que estaba guardado por años esperando por el momento más especial de su vida- y con su corazón latiendo escandalosamente, se atrevió a hacer algo que quería desde hacía mucho tiempo: por fin se había decidido a pedir la mano de su amada. “Hombre, estás loco”, murmuró el guardia de la morgue con una media sonrisa, moviendo su cabeza de un lado a otro y cerrando el casillero donde estaba la doncella con las manos cruzadas sobre su pecho, mientras su amado creía que estaba en su casa, al lado de la cama donde dormía, con su padre al otro lado de ella tomando sus manos sin anillos, de una manera muy tierna.


Reseña:

Antonieta Adams (Talcahuano, 1987), estudió Pedagogía en Inglés en la Universidad Católica de la Santísima Concepción. Obra: El proyecto Crack: Cuentos grises (2005)

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